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Oralidad procesos judiciales

FASCINACIÓN POR LA ORALIDAD EN LOS PROCESOS JUDICIALES

Se dice que la oralidad habría sido característica de los procesos romanos hasta que se instauró la appellatio, momento en el cual, como consecuencia de la necesidad de revisión, por parte del órgano jurisdiccional superior, de lo actuado por el inferior, se hizo necesaria la protocolización de los procesos.

La evolución tiene un punto de inflexión en 1215, en el proceso italo-canónico, con una razón de fondo casi idéntica a la romana, centrada sobre todo en la constancia de todas las actuaciones: interesaba que se hiciera constar en acta lo acaecido en el juicio, a fin de que posteriormente no pudiera ser negado falsamente. Y así se ordenó en la Decretal de Inocencio III del año citado.

La idea del Derecho canónico de levantar acta de las actuaciones -en un inicio no se trataba más que de eso- se difundió tanto en las zonas de más influencia romana, como en las que se habían regido bajo la influencia del proceso germánico, dado que en ambas áreas se dejaba sentir ya entonces el peso del Derecho canónico sobre el Derecho secular.

Pero la idea se exageró con los años, implantándose paulatinamente la escrituraabandonando casi por completo la oralidad, y culminando la evolución con la versión más férrea de aquel quod non est in actis non est in mundo, que fue siendo reflejado, a veces en las leyes, y siempre en la práctica del proceso, sobre todo renunciando los jueces a estar presentes en la práctica de las declaraciones de personas, pese a que las leyes no solían excusar su presencia, ni mucho menos.

No fue sino hasta el siglo XIX cuando se planteó en Francia la recuperación de la oralidad, a través de los códigos napoleónicos, aprovechando la reforma que traería la ilustración a las leyes procesales, haciéndolas salir de la edad Media, a través del Code de procédure civile de 1806 y el Code d’instruction criminelle de 1808.

La influencia de esos códigos se desplazará a otros países como alemania, donde se manifiesta sobre todo en Hannover en 1850 y en el código aleman que data de 1877. Igualmente se dejó notar en Franz klein, autor del texto austríaco de 1895. Eran los primeros referentes importantes posteriores a los códigos napoleónicos, y su influencia se sintió especialmente en la doctrina posterior.

Sin embargo, la escritura como principio del procedimiento se arrastró durante mucho tiempo después en la mayoría de estados europeos, porque de hecho, lo que sucedió es que, o bien no se realizaron reformas sustanciales de las leyes procesales, o si se realizaron, fue poco más que para compilar lo que ya existía, introduciendo simplemente algo de orden y fijeza en los procedimientos.

En cualquier caso, la oralidad se introducía tímidamente, como ocurrió en España con la LEC de 1881 y algunas de sus reformas posteriores, pero la fuerza del uso forense heredado de la anterior época hacía que fuera sistemáticamente olvidada en la práctica.

Y es que pese a que las leyes obligaban a la presencia del Juez durante las declaraciones de partes y testigos, los jueces rarísima vez estaban presentes.

Ello solamente se corrigió ya en el siglo XXI, cuando una nueva LEC dispuso en el año 2000 de forma tan clara un proceso por audiencias, que pese a sus defectos de técnica jurídica, no pudo excusar por más tiempo la asistencia de los jueces a las vistas.

La historia de otros estados es similar, con diferentes avatares que modifican los tiempos del relato. Pero lo que finalmente casi todos los estados tienen en común, es la presencia de un proceso escrito de origen medieval, que pese a que fue mejorado con reformas de los siglos XIX y XX, sigue conservando la escritura en muchos de sus trámites.

Esa era también la realidad procesal en Italia a finales del siglo XIX y principios del XX. De ahí que Chiovenda, inspirado a buen seguro en el Derecho alemán y en las estadísticas de duración de procesos que se manejaban en Alemania y en Austria, iniciara una campaña doctrinal en favor de la oralidad que tanto influyó en la doctrina italiana, española, y finalmente latinoamericana.

Pero la sana fascinación por la oralidad que el maestro italiano había contagiado a tantos procesalistas, nunca se detuvo, ni de hecho se ha detenido en realidad. sin embargo, pese a que la admiración por la oralidad ha llegado hasta el punto de hacer de ella un principio político en ocasiones, habiendo quedado reflejada en no pocas Constituciones, debe decirse que no siempre se ha implantado dicha fascinación en las leyes de todos los estados, y por ello el movimiento pro oralidad tuvo que seguir adelante.

Fue en Alemania, donde tras una fase inicial de procedimiento estrictamente oral nacida en 1877, se produjeron sendas reformas en 1909 y en 1924 que fueron haciendo escritas algunas fases del procedimiento, ante los inconvenientes provocados por la oralidad.

Pero de esa marcha atrás no se dio completa noticia, y se siguió adelante con la defensa de la oralidad sin demasiados matices. sin embargo se va detectando, poco a poco, que la fascinación de años atrás ha flaqueado, especialmente en los países que vienen disfrutando de la oralidad desde hace ya tiempo, porque se observan los problemas prácticos que produce, pese a lo que dijera en un principio la Doctrina al respecto, desde la estricta teoría.

Con ello, las antiguas defensas encendidas en favor de la oralidad ya no se leen en los manuales de Derecho Procesal más modernos.

La exposición del principio viene siendo cada vez más fría, y casi siempre existe un tímido y breve apartado que realiza un recuento de algunos de los inconvenientes.

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